El “Mostro” que llevas dentro

“Un ataúd es mi destino” escribió Miguel en la puerta de su cuarto. La frase no es suya, se la robó de una canción que le gusta. Su cuarto está lleno de pósters de Lacrimosa y su casa es un sitio que el describe como “el infierno”. No soporta a su madre porque siempre “se la pasa molestando”: deberías estudiar, ponte a trabajar, haz algo de provecho, deja de andar de vago. El se conforma con lo que le manda su papá mensualmente. Miguel es monocromático, aunque desconoce que significa eso: botas altas, holanes en la ropa, cabello largo, delineador en los ojos, uñas pintadas de negro. Cree en los vampiros, tiene pesadillas en la noche y su película favorita es Nosferatu, aunque no sabe dónde nació Murnau, ni ha leído a Rimbaud. Pero se la pasa escuchando esa rolita de Bauhaus que dicta:

“Bela Lugosi está muerto.

Los murciélagos han abandonado el campanario.

Las víctimas han sido sangradas,
líneas rojas aterciopeladas en la caja negra,
Bela Lugosi está muerto”

Aunque Miguel no lo entiende porque está en inglés y, chale, qué flojera traducir. Dejó la escuela porque según él “es un sistema represivo” y sólo quieren “controlar tu mente”. Pero él no tiene control de sí mismo, se deja llevar por sus instintos. Si le preguntas por Heiddeger seguro responderá que es un cantante gótico. Le gustan los cómics y odia los libros porque no traen dibujitos. Su monstruo interior es la ignorancia. Y se alimenta de egoísmo, odio y falta de identidad. Dice pertenecer a un mundo donde lo material no tiene valor, pero ama las gabardinas de terciopelo porque lo hacen lucir bien.

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Mayra vive rodeada de nadas. Nada es lo que tiene, nada es lo que quiere, nada es lo que entiende. Aborrece su nombre y prefiere que la llamen Cookie. Su fleco parece cortado en una estética para perros, dice que le gusta Sparta, My Chemical Romance y la mierda nada original de Panda, pero oculta que también escucha a Moderatto. Bien decía un crítico, y con razón: “Yo también me cortaría las venas si hiciera música tan mala”. A sus 20 años es tan inmadura como un estudiante de secundaria y reniega del sistema, de sus padres, de la escuela y hasta del futuro, pero ni siquiera tiene credencial para votar ni las ganas de mover un dedo. Vive estacionada en una pose de nadie-me-comprende. Es adicta a myspace.com y su estribillo favorito es:

“50 mil lágrimas he llorado.
Gritando, engañando y sangrando por ti
Y aun así tu no me escuchas
Me estoy hundiendo”

de Evanescense.

No tiene la más mínima idea de quién es Niesztche, cree que Camus es una banda, ni siquiera sabe el significado de la palabra “quimera” y su lenguaje es muy limitado. Carece de identidad y es muy influenciable. Ella se define como emo, pero desconoce los orígenes del movimiento. Sólo se deja llevar por lo que dice su mejor amiga y se pone lo que está de moda: pantalones entallados, tatuajes de estrella, Converse negros o Vans rayados, y playeras que parecen de su hermano pequeño. Mayra no ha vivido lo suficiente, pero asegura que su filosofía es “perfeccionar el suicidio” aunque le tiene miedo a cosas tan simples como las inyecciones. Se cree autosuficiente, pero llora cuando su mamá la regaña y se encierra en su cuarto y se “araña” los brazos con un cutter. Luego abraza un muñeco de peluche y solloza en silencio. Lleva un monstruo en su interior y se llama ignorancia, que se alimenta de temores, inseguridad, soledad y falta de identidad. Vive rodeada de nadas y poco es lo que entiende. Fue educada por la televisión y sólo ha leído cuatro libros en su vida, incluido Juventud en éxtasis, así que ese no cuenta. No es sorprendente que se una a causas sin sentido, a modas que siempre serán pasajeras. No parece una mala chica, sólo está confundida.

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“Los emos son basura”, se queja Gustavo, “y también los pinches darketos”. Sus argumentos son los que apestan: “todos los emos son puñales” o esa estupidez de que “además ni son originales”. Él mismo es un tributo a los clichés: playeras de Metallica o Slipknot, pulseras de cuero y pantalones de mezclilla sin lavar. Eso es lo malo de la imbecilidad: que todos se creen originales, distintos, siendo que en realidad se la pasan simulando ser lo que no son. Y se agrupan en clanes, en tribus urbanas, con la finalidad de esconderse entre multitudes porque les da miedo enfrentarse solos a la realidad. Tavo, como le dicen sus amigos, se esfuerza con la guitarra y sueña con triunfar con su banda, pero toca horrible y todo le da weba. Ni siquiera terminó la prepa. Y Tavo es tan imbécil que aún cree que algún día los astros se alinearán para bañarlo de gloria. Va de chico rudo por la vida, pero le teme a los perros y padece aracnofobia. En su cuarto no hay libros y eso explica que escriba canciones patéticas, con faltas de ortografía, que hablan de demonios y guerreros. Reniega del amor y le compone baladas a su chava. Su monstruo interior es la ignorancia. Y se alimenta de rabia, agresión, y falta de identidad. Se cree autosuficiente, pero su padre es el que lo mantiene y su madre le ruega para que se bañe. Es tan ignorante que cree que Oceanía es un país. Siempre alardea de que un día viajará por el mundo, pero sus papis lo regañan si no llega a dormir a casa.

Por los Zapatos de Johnny Depp

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“Se llama balero”, le dije a Johnny Depp cuando lo vi tan maravillado por la forma en que aquel chavito lograba embonar uno tras otro los capiruchos. El actor sólo atinó a expresar “wooow” y sonrió como lo haría el capitán Jack Sparrow ante una barrica de vino. Sacó un billete de 20 dólares y se lo dio al niño. Estábamos en un pueblito lleno de perros vagabundos y señoras que barrían las calles a las siete de la mañana. Johnny llegó hasta allí para filmar Érase una vez en México y parecía muy cómodo dando vueltas por allí, seguido por un par de guardaespaldas que se mantenían a una distancia poco discreta pero nada asfixiante. Yo era asistente de producción y conocía a los guaruras, así que me pude acercar sin problemas. “Es maravilloso”, dijo en inglés y señaló al niño juguetón. “Está hecho de madera”, expliqué. “¿El niño?”, bromeó. No pude evitar la risa. Me presenté y le dije que trabajaba en la misma película que él, “pero a mí no me pagan en dólares”, regresé la broma. Luego le comenté que le podría conseguir un balero como el del chavito. “Sería grandioso”, era de pocas palabras, y se despidió amablemente. No lo vi en varios días, porque tuvo que ir a Los Ángeles a resolver típicos asuntos de famosos. Le conseguí dos baleros en el mercado y se los di a su asistente. Una semana después me mandó llamar. Estaba sentado afuera de su camper. “Me encantan los camerinos ambulantes, son tan gitanos”, dijo mientras se esforzaba con el balero. “Gracias por el regalo, es hermoso”, su tono era pausado. “No es nada”, aclaré y no me atreví a darle sus primeras lecciones. Además, siempre fui malo para el balero o el trompo. “Bueno, me dio gusto saludarte”, me despedí porque debía seguir trabajando. Después de eso lo vi varias veces más y apenas nos saludábamos. En sus ratos libres jugaba con el balero y ya casi lo dominaba. El último día de rodaje hubo un cóctel de despedida. Encontré a Johnny sentado, a solas. “Siempre me ha gustado México”, me comentó. “La gente es feliz con tan poco, con lo esencial”, añadió y asentí. “¿Hay algo que pueda hacer por ti?”, me preguntó. “Sigue siendo tú”, le dije, “no te conviertas en un cretino”. Soltó una carcajada. “Me pregunto que se sentirá estar en tus zapatos”, soné bastante idiota, “ya sabes, la fama, mujeres enamoradas de ti, conocer mundo…”, no me dejó terminar. “¿En serio te interesa saber eso?”, esperó mi reacción. No supe qué decir, aunque hubiera podido justificar mi estupidez. Entonces se quitó los zapatos y me los ofreció. “Espero que te queden”, eran bicolores, como de pachuco. “¡Cómo crees!”, pensé que era una broma. “En verdad, llévatelos”, insistió. “Pero estás descalzo”, pretexté. “Eso no importa, son tuyos”. Me pareció una extravagancia y no tuve más opción que tomarlos. “Ok, gracias”, me despedí. Él se quedó sentado, tomó su vaso de vino y dio un sorbo. Nunca volví a verlo, pero ese gesto me pareció un detalle de humildad, de alguien que parecía realmente sincero.

resultados del Match de “jeilo”.

Hoy estubo más o menos sufrido, los equipos.

Equipo Rorschach:

Bob Zombie, Miss Zombie, Vacastroso y Berrugo.

Equipo Owl:

Merenglass, Pachuca, Panda y Kimbeyker.

Los primeros tres juegos fueron Shotty Sniper en Guardian, y esos tres fueron ganados por los Owl, pero eso si, Lady Zombie (adivinaste es mi novia) quedo en JMV.

No me acuerdo nunca verla jugar tan bien y nunca habia jugado yo tan mal.

Empieza el juego y 5 segundos despues escucho un disparo y veo a mi Spartan caer de rodillas.

15 segundos despues escucho un bello y harmonioso “Chinga tu madre” salir de la boca de Miss Zombie, volteo a ver su HUD y alcanzo a ver a su Spartan salir volando por causa de una explosion de plasma.

Los siguientes cinco fueron Slayer y fueron dominados por sus servidores de el equipo Rorschach, de hecho Miss Zombie fue la que nos hizo ganar, Verla controlar de esa manera un Aguijoneador es espectacular.

Mientras tanto merenglass se encontraba de marica usando la Invisibilidad y equipado por una escopeta, la solucion, una granada de plasma lanzada por Vacastroso cayo exactamente en la jeta de su Spartan.

Jugada espctacular: Miss Zombie llego alquite, se encontraban Merenglass, Pachuca y Kimbeyker luchando contra moi y de repente Miss Zombie lanza una granada de plasma que cae en la cabeza de Pachuca y estalla llevandose a Merenglass y a Kimbeyker.

Porcierto este es solo un post de prueba.

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