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“Se llama balero”, le dije a Johnny Depp cuando lo vi tan maravillado por la forma en que aquel chavito lograba embonar uno tras otro los capiruchos. El actor sólo atinó a expresar “wooow” y sonrió como lo haría el capitán Jack Sparrow ante una barrica de vino. Sacó un billete de 20 dólares y se lo dio al niño. Estábamos en un pueblito lleno de perros vagabundos y señoras que barrían las calles a las siete de la mañana. Johnny llegó hasta allí para filmar Érase una vez en México y parecía muy cómodo dando vueltas por allí, seguido por un par de guardaespaldas que se mantenían a una distancia poco discreta pero nada asfixiante. Yo era asistente de producción y conocía a los guaruras, así que me pude acercar sin problemas. “Es maravilloso”, dijo en inglés y señaló al niño juguetón. “Está hecho de madera”, expliqué. “¿El niño?”, bromeó. No pude evitar la risa. Me presenté y le dije que trabajaba en la misma película que él, “pero a mí no me pagan en dólares”, regresé la broma. Luego le comenté que le podría conseguir un balero como el del chavito. “Sería grandioso”, era de pocas palabras, y se despidió amablemente. No lo vi en varios días, porque tuvo que ir a Los Ángeles a resolver típicos asuntos de famosos. Le conseguí dos baleros en el mercado y se los di a su asistente. Una semana después me mandó llamar. Estaba sentado afuera de su camper. “Me encantan los camerinos ambulantes, son tan gitanos”, dijo mientras se esforzaba con el balero. “Gracias por el regalo, es hermoso”, su tono era pausado. “No es nada”, aclaré y no me atreví a darle sus primeras lecciones. Además, siempre fui malo para el balero o el trompo. “Bueno, me dio gusto saludarte”, me despedí porque debía seguir trabajando. Después de eso lo vi varias veces más y apenas nos saludábamos. En sus ratos libres jugaba con el balero y ya casi lo dominaba. El último día de rodaje hubo un cóctel de despedida. Encontré a Johnny sentado, a solas. “Siempre me ha gustado México”, me comentó. “La gente es feliz con tan poco, con lo esencial”, añadió y asentí. “¿Hay algo que pueda hacer por ti?”, me preguntó. “Sigue siendo tú”, le dije, “no te conviertas en un cretino”. Soltó una carcajada. “Me pregunto que se sentirá estar en tus zapatos”, soné bastante idiota, “ya sabes, la fama, mujeres enamoradas de ti, conocer mundo…”, no me dejó terminar. “¿En serio te interesa saber eso?”, esperó mi reacción. No supe qué decir, aunque hubiera podido justificar mi estupidez. Entonces se quitó los zapatos y me los ofreció. “Espero que te queden”, eran bicolores, como de pachuco. “¡Cómo crees!”, pensé que era una broma. “En verdad, llévatelos”, insistió. “Pero estás descalzo”, pretexté. “Eso no importa, son tuyos”. Me pareció una extravagancia y no tuve más opción que tomarlos. “Ok, gracias”, me despedí. Él se quedó sentado, tomó su vaso de vino y dio un sorbo. Nunca volví a verlo, pero ese gesto me pareció un detalle de humildad, de alguien que parecía realmente sincero.
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Ah, q bien está esto. Depp es la onda. Cashern no.